Teniendo en cuenta los acontecimientos que fueron transcurriendo en mi vida a lo largo de estas últimas tres semanas no puedo evitar el hecho de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Los seres humanos todavía mantenemos ciertos rituales de nuestras infancia, uno de ellos, mirar por la ventanilla del primer vagón del subte A. Viajando a cualquier horario (desde la hora pico hasta la tranquilidad del mediodía) nos encontramos con adeptos a esta costumbre que hipnotiza, como si se tratara de una experiencia totalmente nueva cuando muchos viajan en subte durante toda la semana . Generalmente los padres llevan a sus hijos pequeños a sentarse y quedarse contemplando el recorrido de un tren que viaja por debajo de la tierra y atraviesa túneles a veces oscuros y desolados. Pero en el caso de los adultos ya se trata de un escape a la realidad. La gente tiene que enfrentarse a un trabajo que, sin ser necesariamente odiado, a veces nos resulta agotador por nuestra idiosincrasia de vivir apurados y estresados de lunes a viernes. Entonces por aunque sea 5 minutos vislumbramos un trayecto que estimula la imaginación, la misma que proyectábamos cuando pequeños y fuimos desechando de a poco las personas que no la necesitamos ahora para ganar un sueldo mes a mes.
Otro regreso a la inocencia lo experimenté el jueves cuando dieron en el canal de cable MGM “Las aventuras de Chatrán” película icono de la niñez de muchas generaciones cuyas infancias transcurrieron en la década del ’80. A pesar de que nuestra adultez ahora nos haga dar cuenta de la crueldad animal que sufrieron por aquella época el protagonista gatuno y su coestrella canina (asunto bastante desconcertante por cierto) esta no deja de ser una historia conmovedora que me retrotrae a lo que, bajo las actuales circunstancias, fue un momento muy lindo de mi vida.
Con cuánto se conforma el ser humano para dejar atrás el pasado? Este cambio sustancial que define el comienzo de la edad madura generalmente llega como un golpe que debemos asumir. El problema es que anulamos toda conducta que nos muestre infantiles y vulnerables para reservarlas como un placer privado o una acción inconsciente que se libera cuando nos relajamos. Igualmente hay que admitir que los individuos son personas con ciclos, conducta totalmente ligada a la melancolía y a la madurez. Sentimos que ya nos hartamos de ciertas experiencias, estilos de vida o formas de encarar las adversidades y ahí nos surge la necesidad de un cambio. Experimentamos nuevos placeres materiales y afectivos aunque estos nuevamente nos saturan. Pero como son los encantos que disponemos en la edad adulta nos resignamos y regresamos a los viejos hábitos.
Y así sigue la vida...
Hasta luego!
Friday, August 04, 2006
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