Buenos Aires State of Mind
El día en que Buenos Aires me agotó damas y caballeros ha llegado tomado de la mano con el estío. Era muy probable que junto a la estación que más odio y frente a la inminente llegada de las tan ansiadas vacaciones de verano esto estallara en cualquier momento. Sé que no tengo que quejarme demasiado teniendo en cuenta el hecho de que trabajo a 20 minutos de mi casa en una zona totalmente alejada del downtown porteño, en un barrio donde reina la calma que sostienen los domicilios residenciales y ni siquiera la Panamericana puede quebrar esa paz. Pero tantos años sin vacaciones me han vuelto ansioso lo cual me lleva a tener alucinaciones ocasionales pero muy contundentes.
En una de esas semanas, donde imperó el calor agobiante, llego a mi trabajo y estando a unos metros comienzo a sentir el cuerpo pesado como si cargara la sombrilla, la heladerita y un par de reposeras. Las escalinatas del edificio nunca se tornaron tan infinitas como aquella vez.
Tampoco me son ajenos los momentos en los que pienso que al otro lado de los médanos de pasto que sostienen a la autopista se encuentran las playas y que el aire que respiro a veces se trae consigo una fragancia que mezcla la arena con la sal de mar.
Las personas somos como las baterías de los celulares, necesitamos esa carga de energía que nos proporciona ver el movimiento de la gente y los ruidos que esto ocasiona; pero las sobrecargas nunca son buenas y terminan por agotar a uno. Es verdaderamente curioso observar a los turistas que esperan la llegada del subte para fotografiar el descenso y ascenso de pasajeros, especialmente de pasajeros argentinos que siempre caminan con un tono apurado a pesar de estar con tiempo de sobra. Un medio día en la calle florida o una noche por la avenida Corrientes con el Obelisco de fondo pueden ser grandes postales que admiramos en un kiosco de diarios pero que resentimos durante nuestra rutina diaria.
Cuando trabajaba en pleno centro y tenía que tomar subte y colectivo para lograr salir del área siempre tenía algunas referencias que me hacían sentir que estaba cada vez más cerca de casa y ya comenzaba a respirar otro oxígeno. Una atmósfera más pura que se lograba ver a través de la vista, del hecho de ver a los pasajeros bajando del colectivo para entrar a sus casas; los chicos en la calle jugando (o yendo al cyber como se estila ahora) y a los vecinos saludándose unos a otros. Hay ciertas características casi imperceptibles que sin embargo nos dan mucha lógica a la hora de reconocer que un desenchufe total en medio de la montaña o el bosque no se puede soportar por más de una semana. Tenemos Cariló y Mar de las Pampas pero afortunadamente también tenemos Mar del Plata por las dudas. Las sierras cordobesas nos conectan con los extraterrestres y sus piedras nos purifican pero nos quedamos tranquilos porque aunque sea Carlos Paz lo tenemos a 20 minutos con el auto. Calafate y su exuberante glaciar merecen esas excursiones costosas pero volvemos a Bariloche donde hay boliches.
La gente es insoportable cuando se amontona, pero siempre voy a tener a Versailles como refugio a mi cansancio y también a Devoto, a Villa del Parque, a Monte Castro, etc.
Ciao!
Thursday, January 18, 2007
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