Paladares ciegos.
Tengo entendido que a los chefs siempre se les exige cierto nivel en sus presentaciones. Hablo específicamente en el aspecto visual. Algo esencial en los platos fríos, por ejemplo, donde el aroma es casi imperceptible al olfato humano y por lo tanto la vista debe ser la que admita que es apetitoso. Todo esto lo aprendí un día viendo el reality norteamericano “Top Chef”.
¿Pero qué sucede cuando la comida en cuestión es un pedazo de vacío a la parrilla, acompañado por una porción de papas fritas?
Los que tenemos la suerte de poder contar con la disponibilidad económica, social y cultural suficiente caemos afortunadamente en la realidad argentina. Llegado el momento de decidir dónde comer nos damos cuenta de que tenemos tantas opciones. Y no hablo concretamente de lugares dónde comer. Sino de las categorías reales con las que contamos que tal vez no en todas partes del mundo gozan. Al momento de entrar en el laberinto sin fin de la decisión podemos encontrar:
- El restaurante a 10 cuadras de nuestra casa. Los precios son accesibles, el menú variado y sabemos que la carne nunca falla. Siempre te sacan del apuro y son ideales para fin de mes cuando uno no tiene ganas de cocinar. Menos mal que encima tienen delivery.
- El restaurante fetiche que cocina nuestra especialidad. El mío queda por Congreso y hace la mejor comida española. Costoso, lamentablemente sí; pero es mi debilidad.
- La sofisticación de la arquitectura siempre capta a los comensales y los predispone a creer que van a tener una velada encantadora y sumamente amena. Si esta se traduce a los precios está totalmente justificada. Hasta que la comida llega y eso nos define si se trata de un clásico restaurante de clase alta (La Bourgogne o Tomo 1 por ejemplo) o de un mero experimento de Palermo SOHO con comida fusión hecho para sorprender a turistas pero para defraudar a comensales nativos que saben lo que es comer en serio.
- Los clásicos de siempre. Uno que es notablemente conocido es el Dorá. Aunque también mi restaurante fetiche (el ex Vasco Fermín) es parte de esta clase de lugares. Son años de trayectoria reconocida por todos. No poseen el aire de sofisticación definitivo para ser un restaurante clase A++ pero que placenteros y efectivos son para sorprender en reuniones de negocios.
- La pizzería se divide en dos subcategorías. La cercana para tomar una cerveza. Que usualmente es una confitería muy sofisticada y que también actúa como lugar atractivo para la hora de té. Y la tradicional que uno tiene en un pedestal. Por ejemplo, Guerrín y otras tantas sobre la avenida Corrientes. Cada uno de nosotros tenemos un sitio histórico en nuestro barrio. En mi caso es El Fortín en pleno Jonte y Lope de Vega.
- El sushi place o restó de comida oriental. Caro, trendy, arma de doble filo. Si vas a ir andá pensando en abrir la billetera. A no escatimar porque las piezas se achican con el precio. Y pensá en los demás al ver la oferta gastronómica. Siempre es bueno contar con una buena carta de pescados variados en caliente para los que no son entusiastas del sushi.
Como verán, la Argentina es rica en algo más que el clima y las tierras. Pero creo que esta pequeña guía gastronómica les permite aclarar el panorama al momento de abrir la boca y decir “¿a dónde vamos a comer?”. Ya no se trata de decidir el lugar. En la Argentina primero hay que decidir la pretensión por la cual transitamos para recién después decidir verdaderamente el destino final.
Bon apetit!
Tuesday, November 27, 2007
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